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El baile lanzó su último compás, y nos dejó con ganas de más. ¿Documental u obra de arte? La respuesta no sorprenderá. Los diez episodios pasaron, como “MJ” en la pista, veloces, impactantes y abrazados a la excelencia. Bienvenidos todos a una nueva jordanmanía.

The Last Dance es historia. De la buena. No porque haya acabado, sino porque quedará como señuelo deportivo por y para siempre. Allí estará, cada vez que deseemos volver a impactarnos, y esa es la mejor noticia. Llegó para quedarse, aunque uno ya haya deglutido todos sus capítulos. Porque, al igual que Michael Jordan y sus míticos Bulls, trascendió el propio deporte.

Presentado como documental deportivo, se transforma a los ojos del televidente en una historia de seres humanos, movilizados sí a través del deporte, pero cada uno con su relato, tan particular como atrapante. La mística de Phil Jackson, la generosidad de Scottie Pippen, el alocado pero genial Dennis Rodman y el hombre que carece de adjetivos, porque les pisa la cabeza a todos ellos. Como a sus rivales.

Los últimos dos episodios -para eso vinimos- son la confirmación de una sensación presente a lo largo de los ocho predecesores, ya analizados en el portal. Esa que, a decir verdad, nos seguirá desbordando cada vez que repasemos las imágenes. Uno conoce el desenlace, desde el primer minuto de la serie, y llega al último minuto de la misma absolutamente entregado a la magia de ese equipo. De ese grupo. Porque, como se dijo, esta es la historia viva de varios seres humanos y un señor aún carente de clasificación biológica. Algo parecido a un Dios.

Desgranar lo acontecido en las últimas dos piezas de la obra resultaría extenuante, sobre todo para un lector acostumbrado a los resúmenes. A lo instantáneo, a lo pasajero. Inmerso en esta era, la virtual. No la de Jordan, claro, una completamente distinta. Y allí se forjó este icono, con la naranja en sus manos y una mentalidad absolutamente descomunal. Sin redes sociales, sin likes ni retuits. Los millones de seguidores los ganó con su talento, lejos de una pantalla táctil. Distinto, en mucho, a los líderes de hoy. Porque, como en palabras del propio 'MJ', "mis compañeros podrán decirte muchas cosas de mi, pero si hay algo que seguro te dirán es que nunca les pedí algo que yo no hiciese". No más, señoría.

Las finales con Utah Jazz (1997 y 1998) son la trama central de los dos episodios finales, con el insólito flu-game marcado en negrita y la última danza del “23” como momento cúlmine de los mismos. Esa que le mostró al mundo en sus últimos 41 segundos como jugador de los Chicago Bulls. Esa que resume, sí, su inigualable legado. El protagonista, y el equipo, merecían exactamente ese final. Como en las películas, pero en la vida misma. “Mike” se encargó de llevar la ficción a una cancha de básquetbol, para delirio de los espectadores.

The Last Dance se encargó de reactivarla, con precisión quirúrgica. La mejor noticia es que allí quedará. Volver a verla asoma como un mandato. Y cuando eso pase, las emociones volverán a gobernarnos. Porque, aún sabiendo el final, los ojos volverán a pedirnos explicaciones. Imposible, ese grupo de hombres trascendió la imaginación.

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